miércoles, 10 de noviembre de 2010

Es nuestro juego

Como decíamos ayer en Cubadebate le toca a Cuba y a los cubanos establecer las Reglas del Juego. Esto es algo muy claro que tienen que tener tanto los Estados Unidos como aquellos cubanos --exiliados o no-- que crean que los cambios en nuestro país pasan por someterse a los dictámenes del gobierno norteamericano y demás potencias occidentales. No se trata de ser revolucionario, comunista, o fidelista --se trata de tener un poco de sentido común, de respetar un derecho elemental de las relaciones internacionales: el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Lo escandaloso no es que se celebre este congreso del Partido Comunista (y que cuente que no nos consideramos comunistas ni marxistas, sino martianos, y por ende afines a las ideas de justicia social en que se ha basado la Revolución, en las que, por supuesto, también se basa el marxismo y el cristianismo sincero), lo escandaloso es que después de 50 años de este proceso histórico todavía la parte poderosa del exilio y el gobierno de Estados Unidos no comprendan esta realidad: la Revolución cubana es la culminación de nuestro proceso independentista, truncado en 1902 y en 1933, proceso que no es más que llegar a poner en efecto del derecho a ser nación y como tal a autogobernarnos, para lo cual irremediablemente siempre hemos tenido que confrontar la presencia tan cercana de Estados Unidos, que es el país que por motivos exclusivamente económicos y estratégicos siempre ha estado interesado en que no seamos independientes, para marcarnos, a nosotros y el resto de naciones americanas, porque siempre nos han considerado gente de segunda categoría, el camino que debemos seguir. El plan se les fastidió con Batista, que siempre les sirvió de instrumento pero se les fue de las manos, y cuando intentaron intervenir ya era demasiado tarde: llegó el Comandante y mandó a parar. Las Reglas del Juego cambiaron: ya ni el gobierno ni el pueblo les tiene que hacer caso. Así que podrán dejar el Embargo injusto e inmoral el tiempo que deseen, pero no van a conseguir absolutamente nada a cambio, excepto que los cubanos que se sientan verdaderamente orgullosos de ser cubanos defiendan su derecho a autogobernarse. Es una guerra clara y perpetua entre la independencia y la sumisión, entre la vergüenza y el dinero, y de momento siguen ganando los que prefieren la independencia y la vergüenza. Pasar del socialismo al capitalismo no significaría acabar con la guerra, sino darle otro perfil, girar la tortilla, porque el capitalismo en Cuba siempre será un instrumento de los intereses de Washington y Wall Street, no de Párraga o La Rampa; la guerra estará siempre ahí, entre cubanos dignos y cubanos sumisos. La paz solo se conseguirá cuando dejen al pueblo cubano tranquilo de una vez y por todas, decidiendo las Reglas de nuestro juego, al fin y al cabo, es nuestro juego.

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